Han vuelto a hacerlo.
Una vez más, los países del norte de Europa se han colado entre los más felices del mundo, algo que se repite cada vez que se realiza una encuesta de este tipo.
En esta ocasión, Finlandia encabeza el 'ranking' elaborado por la ONU, seguido por sus vecinos de Dinamarca, Noruega e Islandia.
Un poco más abajo, pasados los Países Bajos y Suiza, Suecia complete el póker.
Cuatro en el 'top ten' no está mal, sobre todo si tenemos en cuenta que hay 156 países en la lista.
España se encuentra en un digno puesto 30, un poco por debajo de Francia (24) y superando a nuestros vecinos italianos (en el 36).

Motivo para la celebración entre los defensores del discurso oficial escandinavo.
Como ha explicado tautológicamente Meik Wiking, CEO del Instituto de Investigación de la Felicidad de Copenhague, esto significa que estos cinco países “lo están haciendo bien a la hora de crear las condiciones apropiadas para una buena vida”.
La fórmula de esta felicidad escandinava, en su opinión, es haber sido capaces de “convertir la riqueza en bienestar”, referencia sutil al fuerte Estado de bienestar de esos países.
Especialmente teniendo en cuenta que ese bienestar también afecta a los inmigrantes de dichas regiones.

He hablado con la gente que suele hacer esos 'rankings' y admiten en secreto que no tratan realmente sobre la felicidad

Tan común es que aparezcan los países escadinavos en los primeros puestos como que algunos compatriotas o visitantes sonrían irónicamente ante dichos resultados.
Uno de los más populares es el periodista inglés Michael Booth, que escribió 'Gente casi perfecta', después de 10 años en los países escandinavos.
No parecían especialmente felices.
Como mucho, “satisfechos”.
“He hablado con algunas de las personas que realizan esos 'rankings' donde los daneses salen primeros y admiten en secreto que no se trata de felicidad, sino que simplemente utilizan la palabra 'feliz' para conseguir titulares”, confesaba.
“Se trata en realidad de satisfacción y sentirse contentos, y los daneses lo están”.

Es una teoría que comparten los finlandeses más “felices”.
Minna Tervamäki, que fue nominada a ser la persona más positiva en Finlandia, coincidía en que en su país, “los fineses están más contentos que felices”.
Cuando a los escandinavos se les pregunta si están contentos, suelen responder afirmativamente, quizá porque su definición de la felicidad es muy distinta a la mediterránea, más exuberante y menos “reservada, equilibrada y resiliente”, en palabras del propio Wiking.
O, quizá, porque piensen que hablar de su infelicidad es inapropiado.

La ley de Jante

La gran pregunta: ¿cómo es posible que naciones con un índice de suicidios por encima de la media europea y altas tasas de depresión figuren como iconos de la felicidad? Muchos locales recurren a la irónica ley de Jante ideada por el escritor danés-noruego Aksel Sandemose en la novela 'Un fugitivo que cruza sobre sus huellas'.
Se trata de un código de conducta que se puede resumir en que la ambición o el inconformismo son cualidades negativas.
Entre estos principios se encuentran “no debes pensar que nadie se preocupa por ti”, “no debes pensar que eres más listo que nosotros” o “no debes pensar que eres bueno en nada”.

Todas ellas se reúnen en una sola: “No debes pensar que eres especial o que eres mejor que nosotros”.
En otras palabras, se trata de una modestia extrema que se traduce de forma directa en sus actitudes hacia la felicidad.
Afirmar que uno es infeliz es darse importancia y reclamar la atención sobre sí mismo, mientras que afirmar que uno está contento es conformarse con lo que existe.
Como explicaba el columnista danés Niels Lillelund a 'The Atlantic', “en Dinamarca no premiamos la inventiva, el trabajo duro, a la gente con iniciativa, éxito o que destaquen; creamos desesperación, indefensión y la sagrada y ordinaria mediocridad”.

Así pues, ¿felicidad a cambio de complacencia? Como contó en su día Anne Knudsen, autora de 'Culture withouth Tanks', en lugares como Dinamarca “es una vergüenza decir que eres infeliz”.
Es una cuestión casi de cortesía derivada de su herencia cultural: básicamente, reconocer que uno está mal exige a los que te rodean tomar partido, por lo que se considera que debería ser una cuestión íntima e individual.
Sin embargo, la infelicidad en los países mediterráneos tiene un carácter más social, y hablar de ella no es un tabú, sino una manera de compartir las penas y consolarse mutuamente, lo que provoca que sea más fácil que en esas naciones se hable abiertamente de la infelicidad propia.

Hay un punto de bienestar y riqueza a partir del cual la felicidad no aumenta sensiblemente, por eso depende de la percepción cultural de la felicidad

Booth, el hombre desencantado con Dinamarca, añadía unos cuantos factores más a la lista de por qué no deberíamos fijarnos demasiado en los escandinavos en un demoledor artículo.
Los daneses trabajan pocas horas, de acuerdo, pero eso ha provocado que la productividad descienda, la deuda privada aumente, tengan una huella ecológica altísima y que la igualdad económica se esté esfumando.
En Noruega hay una islamofobia rampante.
En Finlandia, la causa externa de muerte más importante es el alcohol, al mismo tiempo que se desplomaba en los exámenes PISA.
Falta Suecia, con un desempleo juvenil superior a la media de la Unión Europea.

No todo es blanco y negro, claro, y hay razones materiales que refrendan la felicidad escandinava.
En primer lugar, ese Estado de Bienestar en el que cristaliza la capacidad de “convertir la riqueza en felicidad” antes mentada, acompañado por un elevado producto interior bruto y una alta esperanza de vida (pero no tan alta como en España).
Otros expertos, como el doctor Frank Martela, psicólogo social de la Universidad de Helsinki, hacía hincapié en la confianza (“si se te cae la cartera, te la recogerán”) y John Heliwell, uno de los responsables del World Happiness Report, ponía el acento en “la capacidad de cuidar unos de otros, tener alguien con quien contar en malos momentos o la libertad para tomar tus propias decisiones”.

La cruzada por encontrar el grial de la felicidad perdida no es nueva, y ya en 2014, antes de la primera edición del índice de la ONU, dos profesores holandeses llamados Gaël Brulé y Ruut Veenhoven intentaron responder a la pregunta de por qué los finlandeses son más felices que los franceses, aunque su producto interior bruto per cápita sea semejante.
Como en un test de Rorschach sociológico, su respuesta era la libertad.
Según su análisis de 49 países, unos son más felices que otros “porque se sienten más libres, son más libres y su mayor libertad no es solo cuestión de que la sociedad sea menos restrictiva, sino también de su arrojo por ser más libres”.
Valga la redundancia.

¿Qué pasa en el resto del mundo?

Para entender mejor las claves de nuestra felicidad, quizá más útil que aprender de los países más felices sea fijarse en cuáles son los que se hallan a la cola.
Se trata de Sudán del Sur, República Centroafricana, Afganistán, Tanzania, Ruanda, Yemen, Malawi, Siria, Botswana y Haití.
Si los países del norte de Europa lideraban el 'ranking', los africanos lo hacen en los puestos bajos, aunque en este caso, cabe pensar que se deba casi exclusivamente a sus condiciones materiales.
Algunos de ellos (República Centroafricana o Malawi) figuran entre los 10 países más pobres del mundo, y otros (Yemen, Siria) son escenario de conflictos bélicos.

Como suelen recordar los psicólogos, hay un punto de bienestar y riqueza a partir del cual la felicidad no aumenta sensiblemente, por lo que parece lógico pensar que entre los países desarrollados, su sensación de felicidad dependa de su cultura o percepción de la felicidad, como ocurren los nórdicos.
Es posible, en otros casos, que la mejora aparente de las condiciones materiales no traiga aparejada una mejora social.
Es lo que ha ocurrido en la presente edición con Estados Unidos, que ha descendido varias posiciones a pesar de que los ingresos por persona han aumentado.
Se debe, como asegura el profesor Jeffrey Sachs de la Universidad de Columbia, a tendencias que van en contra del bienestar percibido, como el descenso de la confianza en la política, el empeoramiento de la salud media de la población o el ascenso de las adicciones.

Una de las críticas a esta clase de 'rankings' por sociólogos como Eva Illouz, que junto a Edgar Cabanas acaba de publicar en España 'Happycracia', es que estos listados suelen relativizar las condiciones objetivas de un país para centrarse en el bienestar percibido de sus habitantes, de forma que la felicidad ya no se convierte en el resultado de determinados avances políticos, sino una decisión individual que relativiza la importancia de lo material.
Así visto, es posible que los países escandinavos representen la ecuación perfecta en ese trampantojo, al ser naciones prósperas, aparentemente felices, pero devoradas internamente por problemas que no aparecen reflejados en la postal perfecta que hemos creado sobre ellos.